Incidencias: Tras un buen baño en el Índico, el capitán permite una ducha con agua dulce por tripulante. Otro grillo, esta vez omaní, se nos cuela a bordo; las noches vuelven a chirriar. Anoche intentamos sintonizar RNE Exterior para escuchar la última jornada de la Liga de fútbol; al final nos enteramos vía internet (ya que todavía tenemos una leve cobertura al estar próximos a la costa) de que el Barcelona ha ganado el campeonato, el Xerez bajó a Segunda División, y que el Betis todavía puede ascender a Primera.
Amanece nuestro sexto día en Salalah. Nuestro vecino de atraque, un enorme carguero de bandera maltesa, que se ha pasado la noche cargando piedras con unas descomunales grúas, lo que produce una cantidad de polvo que, con el aire, se va depositando por todas partes. Por supuesto el Galeón es víctima también de esta especie de tormenta de arena.
Aún medio dormidos comprobamos que el galeón parece como maquillado para una película de terror, todo polvoriento y ceniciento. Antes que el calor apriete, el capitán nos anuncia lo que todos sabíamos y esperábamos: abandonamos el atraque en el puerto de Salalah. En la espera para salir definitivamente del puerto, la tripulación está dando boqueadas como peces fuera del agua debido al calor, de modo que el capitán da permiso para el primer baño en el mar. Todo un acontecimiento.
Entre Perico Garrido, Curro Marchena y quien os escribe preparamos la guindola para que subir a la escala tras el chapuzón resulte más fácil y seguro. Curro es el primero en zambullirse en las cálidas y transparentes aguas del Índico, se lanza de cabeza con un estilo tan depurado que arranca vítores y aplausos de quienes esperamos en fila nuestro turno.
Seguidamente, como los "lemings" que se precipitan por los barrancos al mar sin pensar mucho, guiados por su instinto, así uno a uno nos dejamos caer al mar desde la cubierta guiados también por nuestro instinto, en este caso de supervivencia. Tanto calor no puede ser bueno.
Estando mojados y frescos escuchamos la campana, los tres inconfundibles toques con los que Manuel el cocinero nos anuncia que la comida está lista. Seguimos tirando de los túnidos que capturamos en el mar Rojo, hoy marmitako. Antes degustamos una lata de Cruzcampo helada con un poco de mojama de tiburón omaní..., la cerveza mucho mejor que la mojama que tiene un sabor fuerte a amoniaco.
Tras dar buena cuenta del exquisito guiso, llega el momento de volver a los trabajos que quedaron pendientes en la mañana. Los ingenieros y carpinteros siguen instalando los equipos de aire acondicionado que esperamos hagan del sollado un lugar más confortable para soportar las temperaturas que han de seguir subiendo conforme naveguemos en dirección sur. Fernando Barranco y Guti continúan haciendo costuras en los cabos que sujetan los cañones en la cubierta artillería. Otro grupo se encarga de comenzar las labores de baldeo, esta vez mucho más meticulosas debido al polvo que lo cubre todo; el condenado se ha metido por cada rincón y cuesta lo suyo sacarlo. Héctor González se sube a las cofas manguera en mano para retirar la suciedad que también ha quedado allá arriba. Vergas y velas son regadas a conciencia, mientras, abajo los que limpiamos las cubiertas queremos pensar que el agua que nos cae encima es producto de una inesperada lluvia, de hecho algún despistado que sale del sollado pregunta “¿cómo llueve estando soleado?”.
La noche nos sorprende aún baldeando, ya no se ve mucho pero intuimos que aún quedan muchos litros que verter para devolver al Galeón el aspecto que merece. Hoy al alba, nada más levantarnos, comenzamos a baldear de nuevo, el polvo parece que va desapareciendo por fin. Héctor y yo nos pertrechamos de arneses y grasa de camello de Sudán para embadurnar los retales de cuero que recubren vergas, tapan tensores de obenques o protegen la madera del roce de los cabos. Un trabajo que hay que realizar periódicamente para que los cueros aguanten y no se cuarteen y se rompan.
Manuel el cocinero echa la caña temprano y rápidamente saca un pez tambor que ha presentado batalla para no abandonar su elemento. Pero el pez ahora pescado no resiste el buen hacer de Manolo que con un movimiento rápido y experto le desengancha el anzuelo y lo mete en el cubo. Un poco más tarde pica un pequeño tiburón. Cuando está a la altura de la regala, en el último momento se contorsiona, se revuelve y se suelta volviendo de nuevo al agua. Por lo visto estas criaturas al tener dientes, muerden con fuerza el sedal y son capaces de romperlos. Menos mal que tenían descongelándose unos cuantos chocos para guisarlos con patatas...
Frente a las costas del Sultanato de Omán les mando un saludo de parte de toda la tripulación del Galeón, que se encuentra bien aunque ardiendo en deseos de seguir navegando hacia Sri-Lanka. La moral está bien alta, como siempre.
Muchos besos para mi familia, os quiero y extraño. Nos vemos pronto

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